“Entre literatura y vida, no distingo”, decía a veces Julio Cortázar. Lo
decía porque muchas de sus obsesiones, muchos de sus temores y de sus valores,
muchas de sus maneras de mirar el mundo iban y venían de la obra a la
experiencia de un modo continuo. Pero lo decía, también, porque había días
(muchos días) en los que no hacía casi ninguna otra cosa más que escribir.
Entonces, los dos planos empezaban a confundirse y Cortázar no sabía si había
estado viviendo o escribiendo durante tantas horas.
El escritor catalán Enrique Vila-Matas parece acordar con esa concepción
del argentino. Su obra es un recorrido ficcional por la realidad de la
literatura, y un paseo ensayístico por la ficción de la vida. Y, además, Vila-Matas
escribe todo el tiempo. Y vive.
Uno nunca sabe cuándo Vila-Matas cuenta algo que corresponde al ámbito
real o al de la ficción. No solo en su obra, donde el cruce es evidente y forma
parte de un valor intrínseco, sino también en su comportamiento público. Cuando
se le pregunta algo concreto sobre alguno de sus personajes, él responde:
“Cuando me ocurrió eso, yo…”. Cuando se le pregunta sobre un episodio de su
propia vida, responde: “Ese cuento lo escribí…”. Vila-Matas deja pistas falsas
permanentemente acerca de la veracidad de los hechos que narra. Y lo hace de un
modo tan sutil que la pregunta tan recurrente en las entrevistas (“¿Ocurrió
realmente eso que usted narra en…?”) se revela como fuera de sentido. Si
siempre es una pregunta que parece obsoleta, cuando es Vila-Matas quien debe
escucharla la irritación que produce se multiplica.
En su última visita a Buenos Aires, Vila-Matas reveló que uno de sus
métodos de escritura consiste no solo en inventar citas (hecho conocido y por
supuesto ya usado infinidad de veces. Recordar a Borges, claro), sino también
en atribuir frases de unos autores a otros. Así, el entramado es cada vez más
complejo y fascinante. Quién dijo qué cosa deja de tener sentido (o al menos la
tarea de detective de rastrear esas pertenencias) para dar lugar a un universo
en el que la literatura es la vida. Y la vida es literatura. Así, Vila-Matas
hace honor a la frase de Cortázar y se ubica en un costado de los casilleros
que tanto gustan a ciertos críticos y a los suplementos culturales.
Dos libros de Vila-Matas, en apariencia lejanos entre sí, funcionan como
complemento uno del otro, en un juego de espejos. Por un lado, Suicidios ejemplares (1991, Anagrama) es
un volumen de relatos, en los que la decisión de terminar con la vida aparece a
veces de manera sorpresiva, a veces de manera esperable. En Bartleby y compañía (Anagrama),
publicado diez años después, el catalán refuerza su mirada acerca de que la
vida y la ficción tienen límites borrosos, y diseña un catálogo de escritores
reales que han decidido, por diferentes motivos, dejar de escribir. Pero nunca
deja de estar presente la sensación de que el lector está asistiendo a una
novela, o a un libro que podría leerse como tal.
Si Suicidios ejemplares es un
libro de ficciones y Bartleby y compañía
es un ensayo ficcionalizado, en un punto intermedio encuentran el parentesco. Y
es que tanto los personajes del primero (que deciden morir) como los del
segundo (que deciden dejar de escribir) están realizando la misma operación. La
renuncia, en última instancia, al mismo único acto, porque para el autor la
vida y la literatura son, claro, la misma cosa.
Vila-Matas ha creado un narrador único. Único en, al menos, dos sentidos.
Por un lado, no hay ninguna otra voz en la literatura contemporánea que pueda
confundirse con la del narrador del catalán. Por otro lado, porque en la vasta
obra de Vila-Matas quien narra es siempre el mismo personaje. O, en todo caso,
si habla una mujer o un hombre, un escritor o un pintor, la voz es siempre la misma.
El punto de vista es el mismo, aunque el narrador cambie de identidad. Se trata
de una operación arriesgada y difícil de ejecutar, pero Vila-Matas la resuelve
siempre con inteligencia. Su narrador, que es y no es él mismo (porque un
narrador es siempre una invención, un producto ficcional), es el fundamento de
su literatura, y por lo tanto un grandísimo acierto.
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