sábado, 20 de junio de 2015

El tipo que rompe las pelotas


El tipo te rompe las pelotas. Te dice que ayudes a levantar la mesa. Te pregunta si estudiaste, si hiciste la tarea, si ya te bañaste porque vienen visitas. Después crecés un poco, y empezás a hacer algo que te gusta, y el tipo te pregunta por qué no lo hacés más seguido. A vos te gusta lo que hacés, claro, pero no lo hacés todo el tiempo. Y el tipo te dice que sigas, que no dejes de hacerlo. Y seguís creciendo y te rompe las pelotas, el tipo, porque ahora vivís solo y todos los días quiere saber qué hiciste hoy, cómo te fue en el trabajo, qué vas a hacer mañana. Pregunta si seguís escribiendo. Le decís que sí, pero insiste, y quiere saberlo todo. Crecés un poco más, y te casás, y el tipo llama por teléfono para preguntar cómo andan, cómo andás vos y cómo anda ella. Pero no cuenta nada, el tipo, llama para preguntar, nomás. Y eso te rompe mucho las pelotas.
Pero, en otro universo, en un mundo también real pero paralelo, el tipo es tu héroe. Un día, sin aviso, te lleva por primera vez a la cancha. Y te mete en la cabeza y en el corazón esa semilla que no va a morir nunca. Te gusta el fútbol, ahora, gracias al tipo, y llorás y reís por una camiseta, y no hay una sola vez (no habrá, nunca) que no asocies tu equipo de fútbol a ese tipo, que de tanto romperte las pelotas te metió una pelota en el cuerpo para siempre. Y, como si fuera poco, el tipo juega a la pelota con vos, y patea y corre como si el niño fuera él. Le duele la rodilla, o laburó catorce horas y está agotado, pero el tipo juega. Y te unen y te van a unir mil cosas a él, y vas a compartir otras tantas, pero eso no te lo olvidás en la puta vida. El tipo juega con vos a la pelota.

Te acercás y te alejás según tu estado de ánimo, según el día que tengas, según por dónde ande tu vida en cada momento. Y el tipo se da cuenta. Sabe cuándo andás lejos y cuándo cerca. Sabe cuándo tenés un día de mierda. Y toda esa percepción, esa sabiduría, te rompe las pelotas. Te rompe las pelotas, a veces, el tipo, pero no podés dejar de quererlo, y de admirarlo, y de sentir tanto respeto por lo que el tipo fue y es en su vida, y con sus hijos y con todos. Y, claro, te abrazás con él de nuevo cada vez que hay un gol, porque para qué carajo servirán los goles sino para abrazarse alguna vez, muchas veces, con el viejo que uno tiene.

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