jueves, 27 de agosto de 2015

Susini inventado


La primera transmisión de la historia de la radio no existe. O sí, pero no como la conocemos noventa y cinco años después. Muchas veces escuchamos, cada vez que llega el 27 de agosto, la grabación de Enrique Susini y el anuncio fundacional: “LOR, Radio Argentina. Señoras y señores: la sociedad Radio Argentina les presenta hoy el festival sacro de Ricardo Wagner, Parsifal…”. Ese registro existe –muchos lo hemos escuchado pero no data de 1920, sino de 1992.
El responsable de que la famosa magia de la radio nos haya dado estos años de ilusión se llama Ricardo González. Es técnico en radiodifusión especializado en compaginación técnica, y es quien fabricó la voz de Susini. Él mismo cuenta: “En 1992, se presentó el primer Congreso de Radios en Argentina, y la radio en la que yo trabajaba estaba a cargo de hacer la apertura. Entonces, con un grupo de amigos decidimos contar la historia de la radio en poco tiempo. Y advertimos que faltaba algo fundamental: el audio de la primera transmisión. Y qué mejor que recrear la situación de Susini presentando la obra Parsifal”.
En términos técnicos, la recreación no fue sencilla. Ricardo y los nuevos locos de la azotea que lo acompañaban compraron la versión más vieja de Parsifal como fuera posible, y el desafío consistió en degradar ese audio hasta que sonara como en los años 20. En ese momento, la digitalización no había llegado a las islas de edición con el fulgor actual, y la tarea de darle vida a la primera emisión de radio tenía que ser analógica. Así, Parsifal pasó de copia en copia, de cinta en cinta, hasta que el sonido envejeció lo suficiente. Además, se le sumaron ruidos grabados por otro lado. Después vino el locutor de la publicidad de los colchones Piero, que recibió indicaciones del operador técnico y un nuevo pase de magia de la técnica. “Y así inventamos un Susini”, dice Ricardo González.
Pero, ¿por qué ese audio quedó instalado como el verdadero? ¿Quién lo sacó de la sala de compaginación para dárselo al mundo? Cuenta González: “específicamente qué pasó, cómo salió, no lo sé. Me puedo imaginar que el audio pudo haber salido prestándose, porque el registro lo guardaba yo pero no se podía llevar control de todo”. De ahí a la difusión ilimitada, a la fe ciega en la Historia, había un paso. Porque si los fanáticos de la radio nunca nos preguntamos cómo era posible que existiera aquella grabación, fue por un acto de fe. Pero González es tajante: “Susini hizo un experimento con sus amigos, pero no existía el concepto de tener un registro para volver a pasarlo. En Argentina no había ninguna posibilidad técnica de grabar esa emisión”.
          El hombre que inventó a Susini cuenta su historia con la calma y el respeto que pide la memoria de la radio. Y admite: “La única y gran gratificación mía es pensar: ‘parece que hice un buen laburo’. Y eso es un orgullo”. Merece el reconocimiento Ricardo González. Después de todo, Susini seguirá siendo, para los fieles oyentes de radio, el Susini que él creó.


sábado, 20 de junio de 2015

El tipo que rompe las pelotas


El tipo te rompe las pelotas. Te dice que ayudes a levantar la mesa. Te pregunta si estudiaste, si hiciste la tarea, si ya te bañaste porque vienen visitas. Después crecés un poco, y empezás a hacer algo que te gusta, y el tipo te pregunta por qué no lo hacés más seguido. A vos te gusta lo que hacés, claro, pero no lo hacés todo el tiempo. Y el tipo te dice que sigas, que no dejes de hacerlo. Y seguís creciendo y te rompe las pelotas, el tipo, porque ahora vivís solo y todos los días quiere saber qué hiciste hoy, cómo te fue en el trabajo, qué vas a hacer mañana. Pregunta si seguís escribiendo. Le decís que sí, pero insiste, y quiere saberlo todo. Crecés un poco más, y te casás, y el tipo llama por teléfono para preguntar cómo andan, cómo andás vos y cómo anda ella. Pero no cuenta nada, el tipo, llama para preguntar, nomás. Y eso te rompe mucho las pelotas.
Pero, en otro universo, en un mundo también real pero paralelo, el tipo es tu héroe. Un día, sin aviso, te lleva por primera vez a la cancha. Y te mete en la cabeza y en el corazón esa semilla que no va a morir nunca. Te gusta el fútbol, ahora, gracias al tipo, y llorás y reís por una camiseta, y no hay una sola vez (no habrá, nunca) que no asocies tu equipo de fútbol a ese tipo, que de tanto romperte las pelotas te metió una pelota en el cuerpo para siempre. Y, como si fuera poco, el tipo juega a la pelota con vos, y patea y corre como si el niño fuera él. Le duele la rodilla, o laburó catorce horas y está agotado, pero el tipo juega. Y te unen y te van a unir mil cosas a él, y vas a compartir otras tantas, pero eso no te lo olvidás en la puta vida. El tipo juega con vos a la pelota.

Te acercás y te alejás según tu estado de ánimo, según el día que tengas, según por dónde ande tu vida en cada momento. Y el tipo se da cuenta. Sabe cuándo andás lejos y cuándo cerca. Sabe cuándo tenés un día de mierda. Y toda esa percepción, esa sabiduría, te rompe las pelotas. Te rompe las pelotas, a veces, el tipo, pero no podés dejar de quererlo, y de admirarlo, y de sentir tanto respeto por lo que el tipo fue y es en su vida, y con sus hijos y con todos. Y, claro, te abrazás con él de nuevo cada vez que hay un gol, porque para qué carajo servirán los goles sino para abrazarse alguna vez, muchas veces, con el viejo que uno tiene.